[Música]
Tenía la edición de este año del festival vitoriano tres centros de atención principales: los homenajes al “Kind of Blue” y a Billie Holiday y la re-presentación (ya fue presentada por primera vez en la edición del 2006) de “The Vitoria Suite” por parte de Wynton Marsalis. Pero vayamos por partes en el día a día del festival, con nuestro personal cuaderno de bitácora.
Lunes 13 de Julio.
Por tercer año consecutivo el proyecto “conexioa” llegaba al teatro Principal. Este año el protagonista era el contrabajista Gonzalo Tejada, que eligió como compañera de viaje para esta propuesta a la trompetista canadiense Ingrid Jensen. Completaban la formación Roger Mas al piano y David Xirgu a la batería. Tras un pequeño tema de introducción a contrabajo solo, y otro tema a trío, el cuarteto se dispuso a abordar un repertorio basado en temas originales de los dos protagonistas de la tarde, más un tema tanto de Mas como de Xirgu.
Cuando tienes que desarrollar un repertorio que te es ajeno en tan poco tiempo (apenas tuvieron tiempo de ensayar antes del concierto), suelen suceder ciertas imprecisiones o dudas en determinados momentos, pero por contra, la frescura y la sorpresa en el escenario compensa esos pequeños desajustes. Y eso fue justamente lo que pudimos ver en esta conexión Tejada-Jensen, momentos vibrantes de interacción y empatía entre los cuatro músicos. Hubo espacio para la sorpresa, con la invitación al escenario de la cantante Carme Canela, y para el homenaje a Davis con un “All Blues” a dúo contrabajo-trompeta. En definitiva, un buen inicio para comenzar el maratón jazzístico.
Recuperaba este año el festival la noche dedicada al gospel con dos propuestas muy diferentes. Abría sesión en Mendizorrotza el guitarrista John Scofield, que presentaba su último trabajo discográfico, “Piety Street”, junto a Jon Cleary (piano y voz), Donald Ramsey (bajo y voz) y Ricky Fataar (batería) Si elimináramos a Scofield de la ecuación, el resultado habría sido un concierto de música de Nueva Orleáns (con una mezcla de blues, gospel, R&B…) de correcta factura y poco más (quizás a destacar la excelente voz de Cleary y Ramsey) Pero resulta que Scofield estaba ahí, y sobre esas estructuras armónicas y rítmicas tan rígidas y “espartanas”, desarrolló su lenguaje musical como si fuera la cosa más natural del mundo. El uso de pedales, loops grabados sobre la marcha, y ese sonido Scofield tan característico encajaba a la perfección en esa vuelta de tuerca que parece que siempre lleva el de Ohio en su mente. Nunca temas como “Sometimes I feel like a motherless child”, “Angel of dead”, “It’s a big army” o “Walk with me” sonaron tan modernos y, para mi gusto, tan bien. Excelente concierto.
Para completar la sesión, los veteranos Blind Boys of Alabama nos trajeron la ortodoxia del género, con un divertido concierto repleto de clásicos del gospel y alguna cosilla de propina. Los cantos trataron de guiarnos al cielo, el problema es que Scofield ya nos había mostrado lo divertido que resulta el averno.
Martes 14 de Julio
“Saffronia” se llama el disco con el que la cantante Lyambiko rinde homenaje a Nina Simone, y que fue la base del concierto que ofreció en el Principal. El concierto me pareció correcto, pero falto de empaque. Tiene la alemana un bonita voz, y juega bien con las intensidades, pero quizás los arreglos de los temas resultan demasiado rígidos y predecibles.
La ausencia por enfermedad de Lee Konitz trastocaba ligeramente los planes de lo que iba a ser la doble sesión de Mendizorrotza, de tal forma que los primeros en salir al escenario eran Brad Mehldau, Charlie Haden y Jorge Rossy, que llevaron el concierto hacia una nueva versión del “Mehldau Trío”. Nada más entrar en el pabellón, nos informan a los fotógrafos acreditados de la prohibición total de realizar fotografías durante el concierto. Oye, pues nada, no se hacen fotos y a disfrutar del concierto. El caso es que el concierto tampoco me entusiasmó, o quizás es que esperaba más de lo que pude escuchar. Mehldau es un pianista brillante (no voy a descubrir yo eso a estas alturas), pero su estilo de tocar no acaba de llegarme. Toca tan “hacia adentro” que parece que en cualquier momento se va a auto fagocitar, y cuando estás esperando que en un solo rompa… no sucede nada. Echo de menos el Mehldau de lo inicios, quizás menos exquisito, pero más visceral. Además, empieza a resultar predecible en su discurso: ahora me pongo barroco, ahora doblo a dos manos, ahora solo con la mano izquierda… todo perfecto, pero falto de alma. Recorrió desde Parker hasta el “Cry me a river”, con un estilo moderno y deconstructivo (ahora que está de moda el término). Haden y Rossy estuvieron excelentes en su papel de acompañantes y brillantes en un par de momentos, con intensos diálogos. Una alegría para muchos (entre los que me cuento), la vuelta de Rossy a las baquetas.
En el 50 aniversario de un disco tan importante para el Jazz como “Kind of Blue”, nadie mejor que Jimmy Cobb, único superviviente de la célebre grabación, para protagonizar el homenaje que le rendía Vitoria. Con la misma secuencia que figura en el disco, la banda fue interpretando cada uno de los temas grabados por Davis, Coltrane, Adderley, Evans, Kelly, Chambers y el propio Cobb, tratando de conservar la esencia de la grabación que tuvo lugar en el recién inaugurado 30th Street Studio de la Columbia Records. Rahsaan Carter comenzaba con la melodía de contrabajo de “So What”, suficiente para que el público comenzara a llevar el ritmo con su pie. Wallace Roney estuvo correcto a la trompeta (timbre y pose no le faltan, aunque quizás estuvo frío), y el pianista Larry Willis me recordó más a Kelly que a Evans. Los saxos estuvieron mejor, especialmente Vicent Herring al alto, aunque Javon Jackson con el tenor fue de menos a más. Un sentido “Blue in Green” fue para mí el mejor momento de la noche, dentro de un concierto correcto y ameno. Un “Milestones” como bis sirvió para cerrar la sesión.
Miércoles 15 de Julio
Un fallo de coordinación entre organización y sala, o eso quiero pensar que sucedió, me impidió ver el concierto de Raynald Colom en el Principal, ya que a los ocho minutos, nos “invitaron” a todos los fotógrafos a abandonar el recinto. Y digo lo de arriba, porque si bien tuvimos restricciones a la hora de hacer fotos (los consabidos dos primeros temas) en todos los conciertos, sólo en éste nos hicieron salir. Una lástima, porque la propuesta de Colom tenía muy buena pinta. Otra vez será.
La noche de Mendizorrotza era la “Noche Metheny”, y os puedo asegurar que el guitarrista de Kansas se ganó el sueldo. En la primera parte, y junto a Charlie Haden, nos recordaron su excelente disco “Beyond the Missouri Sky” con un concierto fantástico, en el que Metheny estuvo soberbio. Abrió el guitarrista en solitario a la acústica con “Make Peace” y con la guitarra Pikasso en “The Sound Of Water”, para después, atacar, ya junto a Haden “Waltz For Ruth”. A partir de ahí, un precioso “First Song”, y tremendas “Two For The Road” y “Farmer’s Trust”, como temas más destacados dentro del altísimo nivel de toda la actuación. “Blues For Pat” cerraba una hora y media de concierto mágico, esos que deseas que no se acaben.
No tenía muy claro que iba a escuchar en el concierto del pianista Diego Amador, pero sí que tenía la esperanza de que algo de jazz se dejara entrever entre su forma de hacer flamenco. Pronto me olvidé de mis ilusiones, y tan solo la aparición de Javier Colina en el escenario hizo que el rumbo del concierto, por unos instantes, cambiara hacia otros derroteros, aunque no lo suficiente.
Pero aún había que darle una vuelta de tuerca más a todo esto, y con Metheny en el papel de todoterreno, se subió a tocar con todo cuanto músico le pusieron delante: fue flamenco con Amador, “fusionero” con Triphasic (aunque esto le resulta más cercano) y folkie con Junkera, en un fin de fiesta que resultó un poco batiburrillo por la mezcolanza de músicos y estilos, aunque tuvo momentos interesantes. A la una y media de la noche se cerró el kiosco: no se si a Metheny le quedaban ganas de tocarse otra.
Jueves 16 de Julio
Triphasic se llama el proyecto conjunto que tienen el baterista David Gómez, el bajista Gary Willis y el saxofonista Llibert Fortuny, y con el que comenzamos la jornada del jueves. Los tres músicos ponen la electrónica al servicio de la música de una manera contundente y convincente, todo en su justo sitio. El resultado es un concierto potente y divertido, y con un cierto punto de riesgo. Interesante.
Cuando vi en la programación la presencia de Stanley Clarke, Marcus Miller y Victor Wooten me imaginé un concierto de esos de “a ver quien la tiene más… grave”, y no me equivoqué mucho. No me gustan los conciertos pirotécnicos, y si ya Miller y Wooten lo son por separado, juntos en un escenario la cosa se complica aún más. No faltaban en las gradas de Mendizorrotza seguidores de ambos bajistas esperando el más difícil todavía. La cordura la puso Stanley Clarke en su interpretación a contrabajo solo de “Milano”, con la que dio toda una masterclass de musicalidad. Lástima que la audiencia no estuviera más receptiva, pero es lo que hay. No faltó “Tutu”, un clásico en el repertorio de Miller, y como bis, un recuerdo para Michael Jackson (“Beat it”, si no me falla la memoria)
El ambiente no era el mejor para que saltara al escenario Stefano di Battista (es el peligro que tienen los programas dobles), pero el saxofonista supo ganarse al público. Junto Eric Harland a la batería, Baptiste Trotignon al hammond y Fabrizio Bosso a la trompeta, y moviéndose principalmente por los derroteros del neo-bop, ofreció un concierto enérgico, en el que mostró su buen control al soprano y sobretodo su fantástico sonido y dominio del alto. Bien secundado por Bosso en los solos, y con la sólida base rítmica de Trotignon y Harland (tremendo), nos ofrecieron jazz de gran nivel. Tenía muchas ganas de volver a ver a di Battista tras el fallido (o “interruptus”, mejor dicho) intento del año anterior en San Sebastián, y la verdad es que no me ha defraudado. Muy recomendable.
Viernes 17 de Julio
No había oído hablar del bajista Hadrien Féraud, pero en el programa del festival nos decían que los críticos de la revista Down Beat le habían elegido como joven bajista eléctrico del año. Así que me fui al Principal a ver lo que daba de sí el concierto y una de dos: o el chico y su banda tuvieron un mal día, o tiene muy buenos padrinos y los críticos de la citada revista grandes tragaderas. El caso es que me dio la sensación de que el escenario y el evento le caían demasiado grandes, y poco o nada destacable encontré en su música. Es cierto que tiene una buena mano derecha, y es ágil con su instrumento, pero su propuesta musical no dice gran cosa, y el concierto pareció un bucle infinito sobre el mismo tema.
Homenajeaba el festival el 50 aniversario del fallecimiento de Billie Holiday, tal vez la voz más singular de cuantas haya habido en esta música. Merecido reconocimiento a una de las tres grandes.
Madeleine Peyroux tiene un problema, y es la eterna comparación con Billie Holiday cada vez que lees un artículo, reseña o carta de presentación, y ya dicen que las comparaciones son odiosas. Es cierto que quizás su voz pueda parecerse ligeramente a la de Lady Day, pero poco más, y pienso que este tipo de comparaciones en poco o nada ayudan a su carrera. Se presentaba Peyroux con su último disco, “Bare Bones” debajo del brazo, y fue la base de su repertorio, junto a un par de temas de Holiday y el conocido “Dance me to the end of love” de Leonard Cohen. El concierto en general estuvo bien (la mejor actuación que la he visto), destacando el momento “callejero” en el que con mandolina, melódica, contrabajo y una caja de cartón a la percusión los músicos acompañantes junto a la cantante interpretaron un par de temas que sonaron desnudos y cercanos. Quizás siga siendo excesiva la “barrera emocional” que la separa del público, y es que Peyroux no es precisamente la alegría de la huerta.
Como segundo acto estaba programada la actuación de Joe Sample y Randy Crawford que por diversos motivos se cayó a última hora, siendo Dee Dee Bridgewater la sustituta, y sin desmerecer a los primeros, creo que el público salió ganando. El concierto fue simplemente genial, con Bridgewater espectacular en la voz y teatral (que no es lo mismo que teatrera) en los gestos, y un tremendo James Carter en el papel de Lester Young al tenor y soprano. Edsel Gómez (piano), Ira Coleman (contrabajo) y Jonathan Blake (batería) completaban la formación, que a lo largo de una hora y media nos trasladó al mundo Holiday con un repertorio basado en sus temas más conocidos (“Lady sings the blues” o “Don’t explain” entre otros) y que tuvo su momento álgido en una estremecedora versión de “Strange fruit”. Bridgewater estuvo cercana y dicharachera con el público, bromista y generosa con sus compañeros, y reivindicativa cuando habló del tema racial. Pero sobretodo estuvo magnífica en su papel de cantante-intérprete. Por si fuera poco, y ya en el hotel durante las jam sessions, nos regaló un tremendo “Caravan” junto al trío de Gerald Clayton y James Carter (que se había quedado con ganas de soplar más), y también su cercanía y sencillez con todo el que se acercó a hacerse fotos con ella, pedirle un autógrafo o simplemente compartir un saludo. Algunos deberían bajarse de su pedestal y aprender de Dee Dee a como tratar al público.
Sábado 18 de Julio
Último día de festival, que comenzó en el Principal con la actuación del trío liderado por el guitarrista Lionel Loueke. Tenía ganas de verle con una formación a su nombre, ya que las veces que lo había visto, había estado como “sideman” de Herbie Hancock, y esperaba alguna sorpresa, pero el concierto no me dejó ver más allá de lo que ya conocía. Loueke es un guitarrista pulcro e imaginativo, con un excelente manejo de los acordes y una rítmica envidiable, y además un excelente cantante. Su forma de doblar melodías con guitarra y voz es perfecta, y su trabajo sobre los sonidos africanos de su Benin natal interesantes. A destacar los diálogos junto sus dos acompañantes (Maximo Biolcati al bajo y Ferenc Nemeth a la batería) que le dieron espontaneidad a un repertorio para mi gusto monótono. Habrá que seguirle la pista.
Presentarse en un escenario como Mendizorrotza (que es cualquier cosa menos cálido e íntimo) para dar un concierto a piano solo es un marrón, y a Allen Toussaint le tocó el “regalo”. Durante una hora escasa repasó sus éxitos pasados, añadiendo algún tema de su nuevo disco, pero en ningún momento consiguió enganchar del todo con el público y el concierto, a pesar de su duración, se hizo largo.
En la segunda parte el protagonismo le correspondía a Wynton Marsalis, que junto a la Jazz at Lincoln Center Orchestra, y con la colaboración de Chano Domínguez, presentaba por segunda vez (la otra había sido en el 2006, pero no había dejado satisfecho del todo al trompetista) su “Vitoria Suite”. Tras revisar su anterior trabajo, esta se supone que es la versión definitiva, y de hecho unos pocos días después iba a ser grabada en la propia ciudad. El resultado, para mi gusto, desigual. Tiene momentos vibrantes y brillantes, cuando la big band suena a Ellington, y tiene otros no tan acertados, cuando trata de acercarse a los sonidos españoles. Por otra parte, desconozco la tradición flamenca de una ciudad como Vitoria, pero no creo que se aleje mucho de otras ciudades del norte, y a mí es algo que no me pega ni con cola. La presencia de Chano y “sus flamencos” puede quedar muy exótica en un concierto en Nueva York o Berlín, pero en un homenaje a la capital alavesa…no me acaban de cuadrar. La duración del concierto, cercana a las dos horas, se me hizo larga, y tan solo la presencia del tap dancer Jared Grimes animó al público y a un servidor en muchas partes de la actuación.








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